22 may. 2006

Providencia, historia de un empeño (Un cuento de ferrocarriles, cultos arcanos y una conversión masiva al catolicismo)

Origenes del pueblo

La ermita de la “Divina Providencia”, localizada en un rincón recóndito de la sierra, fue inicialmente una construción aislada apenas visitada por los fieles. Pero el entorno empezó a poblarse a finales del siglo XVIII por una colonia de inmigrantes eslavos que habían llegado a la zona buscando un lugar apartado donde poder realizar sus peculiares cultos religiosos sin ser perseguidos por ello como era habitual en su tierra de origen. Llamaron Providencia al pueblo recien creado, y en pocos meses urbanizaron el entorno, y reconvirtieron la olvidada ermita en un templo donde realizar sus paganas ceremonias. Ya sea por su tenaz esfuerzo, ya por la intervención de divinidades ignotas, lo cierto es que muchos jóvenes de pueblos cercanos empezaron a desplazarse y establecerse allí, rompiendo en muchos casos los lazos familiares y afectivos anteriores. Las quejas de los otros pueblos, mezcladas con acusaciones de supersticiones y brujerías, llegaron al Obispado. El Obispo destinó allí a un clérigo jóven, Don Aluarte Esterón de Vilateretas, para que pusiera orden y devolviera a la ermita su cristiana función. Don Aluarte, hijo del Marqués de Vilateretas, de gran influencia en la corte, era hombre integro y de fe probada, y por eso sorprendió a todos que, días más tarde, hiciera llegar sus ropajes sacerdotales al Obispado, junto con una declaración de apostasía. Desde entonces hasta su muerte muchos años después, arrollado por un tren de vapor, Don Aluarte vivió en Providencia como fiel creyente de aquellos cultos arcanos. Por influencia de su padre en la corte, que nunca vio bien que su hijo fuera cura y se alegró de que colgara lo hábitos, Providencia adquirió de inmediato el denominado “Privilegio de Paganía”, un confuso y discutido protocolo legal que permitía el desarrollo, dentro del termino municipal de Providencia, de las actividades propias de la religión pagana que los lugareños profesaban. A partir de ese momento el pueblo prosperó de nuevo y las tensiones con los pueblos vecinos se redujeron a esporádicas exsanguinaciones nocturnas de ganado.


La gran movida

Cuando se proyectó el trazado del ferrocarril por la sierra, nunca se consideró la posibilidad de que pasara cerca de Providencia, pues su orografía lo hacía impracticable. Tomándose el asunto de tener una estación de ferrocarril como una cuestión de orgullo, los habitantes de Providencia desplazaron el pueblo más de cinco kilómetros, piedra a piedra, casa a casa, hasta reconstruirlo completo al lado de la vía, forzando así la existencia de la actual estación. Lo último en instalarse, en el centro del pueblo, fue la ermita. Desgraciadamente no habían tenido en cuenta que el antiguo “Privilegio de Paganía” sólo estaba en vigor dentro del anterior termino municipal, así que se vieron obligados a convertirse al catolicismo. Lo que no consiguió Don Aluarte en su juventud, lo pudo el ferrocarril. Él, que nunca abandonó sus ritos paganos, volvía por las noches al lugar donde antes se alzaba la ermita, y sus cánticos asustaban a los niños. Cuentan, sin embargo, que nunca superó la tristeza insuperable que aquella conversión masiva le había provocado, y que esa tristeza le llevó a arrojarse bajo un tren, cuando Providencia era ya el pueblo tranquilo y acogedor que es hoy día. Pero cuando el tren se adentra de noche por la sierra, rebasada ya la estación de Providencia, veremos aun en la noche luces extrañas en la montaña donde estuvo la primera ermita.

1 Comentaris:

Anonymous Anónimo said...

Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

4:24 p. m.  

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