11 may. 2006

La estación de Taidos (Un cuento)

El tren no llegó aquel día a Taidos, como no había llegado tampoco el día anterior, ni el anterior del anterior. Nadie en el pueblo había visto llegar nunca un tren, nadie lo había visto salir del túnel del valle ni, tras apenas cincuenta metros de recorrido exterior, parar en la Estación de Taidos. Pero, pese a todo, los habitantes estaban orgullosos de su estación, de sus vías, que mantenían flamantes, y de constar en la Guía Oficial del Ferrocarril. Y hasta los más viejos tenían la esperanza de poder ver algún día el tren entrando de nuevo, entre estruendo y humo, en el pueblo. Contaban esos ancianos que antes, cuando los padres de sus abuelos eran jóvenes, un tren paraba en la estación cada media hora. El trajín era inmenso siempre entonces, día y noche un río de maletas, mochilas, cajas, turistas y mercancías inundaba perpetuamente la estación. Luego las cosas fueron empeorando y la frecuencia empezó a disminuir. Los intervalos entre trenes fueron ensanchándose: una hora, dos horas, seis horas. Llegó un momento en que sólo paraba en la estación el tren de las cinco, a media tarde. Luego, seguían contando los abuelos según a ellos se lo habían contado, las llegadas del tren se redujeron aun más: día si, día no; cada semana; cada mes; una vez al año. Llegó un momento en que nadie vio llegar ya más el tren pese a que Taidos seguía constando en la Guía de Ferrocarriles. El ayuntamiento se encargaba del mantenimiento de la estación y el entorno en condiciones, gestionando con diligencia las exigencias burocráticas del Ministerio del Ferrocarril. Y aunque la frecuencia entre trenes se medía por generaciones, Taidos seguía siendo una ciudad con estación, una ciudad donde, algún día, llegaría el siguiente tren.
* * *
El Alcalde entró en su despacho como siempre, a media mañana. No habían temas urgentes a tratar, así que decidió avanzar en la elaboración de unas complejas estadísticas que le exigían los Servicios Centrales del Ministerio de Coordinación Municipal. La puerta se abrió de golpe, sin que hubieran llamado antes para pedir permiso. De pie en la puerta, pálida, su secretaria sostenía un papel en la mano, un fax recién llegado, le dijo ella, del Gobierno, del Ministerio del Ferrocarril. El Alcalde supo, por su expresión, que se trataba de algún asunto serio, probablemente la petición urgente de un informe sobre los estados de nivelación de las vías o las lecturas higrométricas en la entrada del túnel. Pero era más que eso. Leyó y releyó las escasas líneas del fax. Una remodelación en la estructura ferroviaria del país obligaba a determinados cambios con la intención de abaratar costes. Así pues, a finales de mes, en apenas 21 días, la línea de tren que llegaba a Taidos quedaría descatalogada, la Estación dejaría de estar activa y, definitivamente, dejaría de constar en la Guía de Ferrocarriles.

El primer pensamiento del Alcalde fue evitar que la noticia se extendiera, pero cuando pudo darse cuenta, su Secretaria ya había salido y la había comentado, y la mala nueva iba ya de boca en boca por las calles de Taidos, hasta que, en pocos minutos, toda el pueblo supo que su estación estaba amenazada. Como por instinto la multitud fue acumulándose a las puertas de la estación. Se formaron corrillos, y todos comentaban la noticia, deformada por los rumores y por cómo se había transmitido. Unos decían que iban a venir a tapiar el túnel y a demoler la estación. Otros comentaban que la decisión no era en firme, que estaba pendiente de un referéndum y que, claro, ¿quién iba a votar en la ciudad para que quitaran la estación?. Al rato, desbordado por los acontecimientos, llegó el Alcalde. Intento hablar con serenidad, y ser claro en la exposición. Desde el gobierno eran diáfanos, no se trataba de una decisión provisional sino, más bien, de la mera comunicación de una decisión ya tomada, y que entraría en vigor en apenas 20 días. ¿Alguien tenía alguna idea? Nicolás, uno de los más ancianos, tomó la palabra. Contó que su padre le había dicho que, de pequeño, el Gobierno había intentado también quitar la estación y sacar al pueblo de la Guía, con la excusa de que no pasaban trenes. Entonces el pueblo entero se movilizó, se hicieron acciones de presión, manifestaciones, y, finalmente, el Gobierno dio el brazo a torcer y la eliminación de la estación de Taidos había quedado aparcada. Hasta que ahora, muchos años más tarde, algún funcionario aburrido había desenterrado la propuesta y había creído conveniente tocar las narices a la gente de Taidos. Pero no iban a consentirlo. La historia del viejo Nicolás dio ánimos al pueblo que sintieron que nada pasaría si ellos no querían. De su unidad saldría la fuerza que, de nuevo, haría doblar el cuello al Gobierno. De inmediato se organizaron manifestaciones y actos reivindicativos. Durante toda la semana siguiente, cada mediodía y cada tarde a eso de las siete, el pueblo entero se manifestaba ante la estación, y durante una hora se coreaban gritos y se leían manifiestos. “Gobierno, cabrón, salva la estación”, o “Gobierno, caradura; el tren es cultura” eran algunos de los eslóganes coreados con entusiasmo. Quienes tenían más talento literario componían poemas y canciones combativas o melancólicas que se leían o cantaban en público, y que infundían en la gente ganas de seguir luchando, de seguir exigiendo aquello que era justo: su esperanza de que, algún día, un tren llegara a Taidos.

La semana pasó. Las gentes de Taidos esperaban que sus acciones hubieran hecho mella en medios gubernamentales. Los más optimistas estaban convencidos de que ni el más insensible de los gobernantes podía hacer oídos sordos a aquel clamor popular. ¿Que sentido tenía, en la era de las comunicaciones, suprimir una estación? Sin histerias, sin agobios, la gente fue congregándose el séptimo día a las puertas del ayuntamiento, seguros de que llegaría el fax que desfacería el entuerto.

Y llegó un fax.

El fax, del Ministerio de Ferrocarriles, no hacía referencia a las acciones de protesta de los últimos días, tan sólo le recordaba al Alcalde que, según lo especificado en el fax anterior, dentro de 14 días la estación de Taidos dejaría de estar en funcionamiento.

Fue el propio Alcalde quien salió al balcón del ayuntamiento a dar la noticia a la multitud que se había congregado abajo, y que reaccionó a las malas noticias con furia e indignación primero, y con silencio apenado después. El Alcalde les recordó que las acciones de los últimos días difícilmente habrían llegado a oídos del Gobierno, habida cuenta de que Taidos tenía apenas contacto con el exterior. El Alcalde les tranquilizó de nuevo y, sobreponiéndose a su propio miedo, les aseguró que escribiría un alegato extenso, detallado e incuestionable sobre el asunto, y que lo haría llegar por fax al Ministerio. Durante una semana entera estuvieron reunidos, sin apenas comer, sin apenas dormir, el Alcalde y sus consejeros intentando encontrar las palabras justas, las formas necesarias para ser entendidos y atendidos. Filtraron cada palabra, cada frase, cada construcción sintáctica, tratando de conseguir la quintaesencia de lo emotivo y convincente. Cada aspecto del problema, cada matiz de la cuestión, fue laboriosamente quedando negro sobre blanco. Doce folios en los que estaban depositadas las esperanzas de Taidos entero.

Tuvieron problemas con el fax. Tras haber entrado los tres primeros folios, la máquina se atascó. Cuando lo hubieron arreglado, no estaban seguros de que las primeras páginas hubieran llegado, así que las mandaron de nuevo. Tras tragarse la última página, tres luces del chisme se encendieron y empezaron a parpadear con insistencia. Ante la duda, volvieron a mandar de nuevo los papeles, y desearon con vehemencia que la tecnología hiciera visibles sus palabras al otro extremo del cable.

El tercer fax llegó al cabo de un par de horas. Al finalizar la próxima semana, Taidos ya no sería una ciudad con estación y quienes la buscaran en la Guía de Ferrocarriles, leerían la infamante nota: “A esta población no llega el tren”. No había nada más que discutir, pues las decisiones estaban ya tomadas, aseguraba con firmeza el Ministerio, a Taidos sólo le quedaban 6 días de estación. Desde el Ministerio les decían también que arreglaran el fax porque debía tener algún problema, pues muchas hojas les habían llegado repetidas muchas veces.

Lo que pasó entonces está descrito a lo largo de la historia, bajo diferentes manifestaciones, como un episodio de histeria colectiva. Desesperanzados, apenados, furiosos y airados contra el Gobierno, el Ministerio, y la inevitabilidad de las decisiones administrativas, la multitud empezó a acumularse en la Plaza Mayor. No les iban a quitar la estación. No iban a sufrir la indignidad de ver cómo las máquinas amarillas del ministerio derruían la estación entre las lagrimas de los niños. Era la estación de Taidos. ¿Taidos había de quedarse sin estación? De acuerdo. Pero no iban a soportar la humillación de ver como los de fuera destruían sus sueños. Suyo era el pueblo, suya la estación, y suyos los sueños rotos. Poco a poco, entre la multitud fueron apareciendo picos y palas. Sierras, tenazas, grandes herramientas. Germán, el de las reparaciones, llegó a la plaza y repartió algunos martillos hidráulicos. Espontáneamente, la masa fue en procesión decidida hasta la Estación y descargaron allí toda la furia, toda la rabia acumulada en las últimas semanas. Los cristales de la estación duraron poco. Los niños dieron cuenta de ellos a pedradas y luego la gente entró en las instalaciones y arrasó con todo. Los tabiques caían, las paredes eran golpeadas y taladradas y se iban debilitando. Una multitud armada con picos, mazos, y un montón de herramientas destructivas, dejó en pocas horas el lugar donde se encontraba la Estación reducido a escombros. Con la misma persistencia demoledora, la multitud empezó a arrancar los rieles de la vía y a llevárselos al almacén municipal. Servirían para fundir, para construir cosas con más sentido que unas inútiles vías inservibles. Al final de aquel día, cuando el sol empezaba a ocultarse, sólo una cicatriz de tierra removida y raíles muertos se extendía desde la salida del túnel hasta los restos de la Estación. El viejo Nicolás, que había participado también, con sus pocas fuerzas, en la destrucción, fue el primero en ver la luz acercarse desde dentro del túnel. Luego, todos oyeron el silbato y vieron por fin llegar el tren al pueblo, a punto de salir del túnel y entrar, entre estruendo y humo, en lo que había sido la estación de Taidos.

2 Comentaris:

Anonymous Anónimo said...

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Anonymous Anónimo said...

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