19 may. 2006

Bor, 2 Km

Un pinchazo, un derrape y el coche contra un muro, y aún tuvo suerte de llevar el cinturón, pero el coche quedó hecho un asco, y era de noche y no sabía ni donde estaba. Pasa en estos casos que lo surreal nos invade, como cuando entrando en casa te ponen una navaja en el cuello o cuando abres la nevera y hay un gato muerto, que no es que a él le hubiera pasado nunca pero siempre lo había temido y había imaginado la sensación de terror, de peligroso absurdo. Pero Rafael se sobrepone, al fin y al cabo esto pasa todos los días, un accidente menor, llamaría a la grúa y que lo vinieran a buscar, dondequiera que fuese que estuviera.
Se había empezado a liar cuando se saltó el desvío hacia Barcelona, y pensó bueno, es igual, cogeré el siguiente, seguro que llego al mismo sitio; y se hizo un mapa mental que era una mierda de mapa porque en el siguiente pueblo cogió un desvío, sin preguntar, y se metió por unos caminos de tierra y él aún se decía a si mismo seguro que es por aquí, en un par de kilómetros este camino ha de dar a la Nacional y aún falta mucho para que sea de noche. Por que en el mapa de su cabeza todo era muy bonito y muy claro, todos los caminos llevaban a su casa, hola cariño, llego algo más tarde porque me he liado un poco pero mi sentido de la orientación es de cojones, ya ves, ¿cómo está Dani?, ¿ya duerme?.
Pero el camino de tierra se hacía más estrecho, y como Rafa no es tonto pensó daré la vuelta, recorreré el camino al revés y así seguro que no me lío porque el mapa en su cabeza ya le empezaba a parecer menos fiable, como si las líneas allí se curvaran y diluyeran, se movieran y mezclaran entre sí para liarlo más y más, así que mejor vuelvo por donde he venido y aquí no ha pasado nada. Sólo que los caminos recorridos al revés son otros caminos, y tienen desvíos que antes no tenían y pasa rato y rato y te dices, coño, ya debería estar de nuevo en la carretera y entonces una cosa fría te sube por dentro, empieza en las tripas que ya se retuercen un poco, pero sigue subiendo y es como si te hubieran llenado el estómago con cubitos y la garganta tiene una piedra dentro porque aunque no quieras reconocer que tienes miedo estás perdido en la montaña, sólo con tu coche.
Rafa es un hombre de mundo, no se raja por estas cosas, y piensa los caminos llevarán a algún sitio y tiene razón porque acaba saliendo a una carretera que no es la carretera de donde venía pero algo es algo, porque una carretera significa gente y gente significa poder preguntar y coger por fin la buena dirección. Y entonces Rafa acelera y hay como una explosión y cuando se da cuenta el coche ya se le va de lado y se da contra la pared, en un estruendo que nace y muere en un segundo.
Las niñas lo han visto. El pinchazo, los giros, el choque. Las niñas estaban ahí fuera, jugando, porque aunque ya está oscuro no es hora aún de ir a cenar y porque por ahí no suele haber nadie y por eso las dejan salir, porque si no hay nadie es que no hay peligro y ellas pueden jugar en la montaña, como ahora, que jugaban a un dos tres pica pared, no en una pared sino en un árbol. Cuando oyeron el golpe se acercaron a la carretera y, sin salir del bosque, escondidas aún tras los arboles y las matas, miraron lo que era, y vieron a un señor que no era del pueblo que salía del coche y parecía enfadado. Sus padres siempre les dicen que no se acerquen a los desconocidos, que no jueguen con ellos sin su permiso, porque es peligroso, y aunque ellas querrían no salen, y siguen escondidas en el bosque.
El primer problema es hacia dónde ir, arriba o abajo, y al final da igual porque no tiene ni idea de dónde puede encontrar el primer pueblo, la primera casa, el primer teléfono. Anda y anda, hacia arriba, sin saber por qué, un poco por intuición. Tarda en encontrar el letrero roto, tirado contra la cuneta, pero se lee claro, Bor, 2 Km. Ahora entiende el estado de esta carretera, el asfalto roto, los socavones como cráteres, cicatrices dejadas por cientos de camiones. Está en el otro lado del valle, y recuerda haberlo leído en algún suplemento dominical, esta carretera debe ser la que se abrió hará unos treinta años, para acceder a la mina de carbón, hasta que se acabó el carbón y sólo quedó una montaña agujereada y un paisaje negro y requemado, irrecuperable para el turismo. Un lugar de donde la gente huía hacia la prosperidad del valle principal, con sus restaurantes, sus raftings, sus parapentes y circuitos de bicis y caballos.
Y, sin embargo, Bor, 2 Km., y, probablemente también un teléfono desde donde llamar y avisar a la grúa y a su mujer. Camina a oscuras, y sabe que los ruidos que oye son ruidos de la montaña y que no deben inquietarle, porque en el bosque, de noche, no existe el silencio, sólo el peso ominoso de la soledad y el miedo. Incluso le parece oír unas risas, como de niños, detrás suyo, y no serán niños, claro, cómo va a haber niños jugando por aquí, con lo oscuro que está todo. Y entonces, de la nada, de la negrura que tiene enfrente, aparecen un hombre y una mujer, y le sonríen y le preguntan qué hace usted por aquí, no suelen venir turistas por esta zona y es que no, mire, lo que pasa es que mi coche está hecho polvo, un reventón, un choque, ya saben, sólo necesito un teléfono, un sitio desde donde llamar, si fueran tan amables. Les ve frente a él, atentos, preocupados, le dicen siga recto, cuando llegue a la primera casa llame y pregunte por Matías, él le dejará llamar, pierda cuidado, pero dese prisa, en su casa deben estar preocupados, más vale que no se entretenga, en diez minutos todo recto y está allí. Rafa se fija en sus rostros, y piensa que son hermanos, la misma forma extraña del cráneo, los mismos ojos hundidos, la misma nariz leve, apenas esbozada, pero dicen, vamos a buscar a las crías, están por ahí jugando, y por cómo lo dicen sabe entonces que estos dos se acuestan juntos, aunque parecen hermanos. Estos pueblos perdidos en el monte, aislados, la sangre se mezcla y los genes se corrompen. Muchas gracias, no sabe cuánto se lo agradezco. Y sigue andando.
Las niñas se esconden, porque ven a sus padres que vienen a buscarlas y no tienen ganas aún de ir a cenar, prefieren seguir jugando, quedarse un rato fuera aún, y por eso andan por el bosque, junto la carretera, y siguen al señor procurando no hacer ruido, una novedad divertida, un juego nuevo.
Ve la casa, muy lejos aun, pero ahí, enfrente, y acelera el paso. Se sabe más cerca del final, y oye ruidos a los lados del camino y ve sombras extrañas y siente que lo observan y, claro, no sabe que sólo son las niñas que se divierten siguiéndolo. Por eso acelera el paso, casi corre. Por eso su corazón le bombea terror por todo el cuerpo. Y aunque ya no ve las sombras moverse tras él, corre hacia la casa, pues sabe que están allí, detrás suyo, que le siguen en la oscuridad, que pueden aparecer tras unas ramas, tras un árbol, por eso corre y cree que cuando llegue a la casa todo habrá acabado, por favor, déjenme entrar, mi coche ha quedado tirado en la carretera. No dirá que le siguen, porque le da vergüenza, aunque se le notará en la cara, en los ojos. Quien le abra la puerta será igual que los otros, probablemente, los mismos ojos hundidos, el mismo cráneo extraño, con las sienes muy pronunciadas, con esa nariz casi inexistente, pero eso dará igual, la endogamia en estos pueblos de montaña lleva a estas cosas, ya se sabe. Sólo diez metros le separan de la casa, pero no llegará a recorrerlos, oirá las risas infantiles, alegres, y las niñas lo atraparán antes de que llegue a la puerta, antes de que pueda decir un dos tres, casa; y notará un golpe en la cabeza y se lo llevarán para jugar con él, para atarlo y clavarle cosas, hasta que ya no grite, como otras veces, como han jugado con otros que se han perdido, cuando les dejan sus mayores y no toca estudiar.

2 Comentaris:

Anonymous Anónimo said...

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8:17 a. m.  
Blogger Leo del Mar said...

Algún día escribiré como tú.
O mejor.
Espera a que me reencarne en Quevedo, una vez hayamos terminado esta partida e insertemos coins.
Saludos

8:41 p. m.  

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